La ternura es el lenguaje del amor, cuando los sentidos se sumergen en lo poético y subjetivo del cariño, pero es también el arte de expresar con sabiduría nuestro sentimiento más sublime. La ternura es reconocimiento de diferencias, capacidad para comprender y tolerar, para dialogar y llegar a consensos, para construir colectivamente aprendiendo de aquellos que “no saben”, para soñar y sonreír, para enfrentar la intolerancia y aprender de las derrotas y de los fracasos, tanto como de los aciertos y de los éxitos.

La ternura es encariñamiento con lo que hacemos y lo que somos, es deseo de transformarnos y ser cada vez más grandes y mejores. Por esto, ternura también es exigencia, compromiso, responsabilidad, rigor, cumplimiento, trabajo sistemático, dedicación y esfuerzo, crítica permanente y fraterna.

La ternura no es, no puede ser de ninguna manera debilidad, cobardía o condescendencia, complicidad en la degradación, en la disminución de si mismo, en la deshumanización y la barbarie. No, la ternura es hedonismo altruista, entrega y dedicación, creatividad e imaginación, libertad total y magnífica.



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